Grupo de Reflexión Rural Facebook GRR Defensa de Monte y Selva Paren plantaciones forestales
Contacto
Martes 25 de abril de 2017
Publicado por

Sin categoría

· 28 octubre de 2015

“Yo soy una neo-campesina”

mundo_CLAIMA20151022_0208_28

Silvia en su mundo.

Silvia Gómez se alejó de la sociedad de consumo y vive con sus hijos en la Casa de barro que construyó con sus manos. Una apuesta por la vuelta a la naturaleza.

Silvia se despierta a veinte kilómetros de Tandil y mira las sierras azules por la ventana. Les hace el desayuno a sus hijos, Pedro (9) y Suyana (7), “Esperanza en idioma runa simi , el mal llamado quechua por los españoles”, según señala. Vive con ellos en una casa de barro que desde hace dos años construye con sus manos, con pasión de artesana. Después del desayuno lleva a los chicos a la escuela rural 33 de Paraje La Porteña: “Una escuela pequeña, veinte niños entre primero, segundo y tercer grado”. Cuando no sale a trabajar, vuelve a darle de comer a las gallinas, a regar las plantas y almácigos.

Así como se dedica a terminar su casa de barro o quincha (entramado de caña recubierto con barro), Silvia colabora en la organización de reuniones comunitarias en las que las familias dan y reciben orientación y ayuda para construir sus casas de barro en todo el país. Para ganarse la vida, ella diseña y arma huertas orgánicas, comercializa miel y semillas o acompaña a las mujeres de la zona en sus partos domiciliarios. Militante de lo natural, de lo ecológico, de la defensa de los valores puros de la vida, a los 33 años es una de las miles de personas que se alejaron de los paradigmas de la sociedad de consumo. Se siente orgullosa de ser, como ella misma dice, una neo-campesina.

El barro de la infancia

Criada en Los Cardales, un pueblo de 2000 habitantes, de chica se fascinaba con las semillas y con sembrar. “Pero mis padres no lo fomentaban. Ellos hacían lo que podían. El era tan capaz de hacer un arreglo de albañilería como una pintada a la brocha gorda; ella, limpiar casas o ser portera en un jardín de infantes, que es a lo que se dedica ahora”, describe Silvia mientras toma un té de cedrón con la miel de una de sus cuatro colmenas.

A sus ocho años su padre consiguió trabajo de casero en un campo camino a Campana. “Se llamaba Tabela. Tengo recuerdos muy lindos de las comadrejas que se metían a la noche para comerse los huevos… Cerca de casa había un bosque de acacias y muchas mañanas me iba a ver una pareja de hurones que entraban y salían de su cueva. O me perdía en los sembrados de maíz, jugando a las escondidas con mi hermana y con los vecinitos…” Esa vida duró menos de un año y ahí Silvia hizo hasta cuarto grado en una escuela rural. Después volvieron a Cardales. La vivienda familiar estaba siempre sin terminarse, como la casa donde vive ella hoy, pero disponía de un terreno grande con muchos árboles. “Cuando llovía iba a meterme en los charcos. ¡La primera vez que me metí en el barro disfruté tanto! Fue uno de los días más felices de mi vida. Cuando llegué a casa mi mamá puso el grito en el cielo”.

Silvia mira a su alrededor: hay ciruelos florecidos, acelgas rojas, lechugas que se han resembrado a sí mismas, almácigos que van emergiendo con la primavera. “Lo que hacés de grande viene de tus sueños, que nutren tu esencia. Hacés un racconto de tu vida y ves que tenías un montón de actitudes. A mí el descubrimiento me vino en la adolescencia, ahí me di cuenta de que amaba la vida del campo. Tuve que buscar mucho para encontrar, para encontrarme. Los pueblos suelen ser chatos. Por un lado está buenísimo pero no tenés ofertas para estudiar, no hay cines, no hay librerías. Todo es ir a boliches, dar vuelta a la plaza… No me gustaba esa vida artificial. Me sentía la rara. Y de a poco fui descubriendo otros caminos”, dice.

Una construcción natural

En ese tiempo iba y volvía a Buenos Aires. Empezó yendo a un encuentro vegetariano, a charlas con naturistas, exposiciones de pintura. Se pasaba el día recorriendo las dietéticas, las librerías de la avenida Corrientes. Hasta que a los dieciséis tuvo su primer gran amor. Un poeta, pintor y escritor. El noviazgo duró tres año. “Al terminar el secundario no sabía si estudiar psicología o ingeniería agronómica. Pero la facultad era en Luján y no me vi yendo tan lejos. Yo necesitaba hacer algo que me hiciera feliz. No pensaba que tener una profesión me iba a facilitar la economía, no me preocupaba eso”.

Consiguió un empleo en una librería multirubro en Cardales y fue tan eficiente que terminó ocupándose de la administración del negocio, trabajando solo la mitad de la semana. Seguidora del movimiento humanista que lideraba Silo, en un encuentro en Buenos Aires conoció distintos referentes del estido de vida sostenible, pobladores de la ecoaldea de Gaia, de Navarro. Al tiempo dejó la librería y se fue a vivir con ellos. Ese fue el lugar donde hizo los primeros cursos de construcción natural.

En un viaje a Brasil conoció a May East, una de las fundadoras de Finhorn , la primera ecoaldea del mundo, en Escocia. En 2005 supo de un curso de la ONG Kleiwers International (www.kleiwerks.org), especializada en diseños de construcción ecológica y se anotó. Pasó tres meses en una escuela Waldorf de El Bolsón, donde aprendió el sistema y los procedimientos. Por ejemplo, construir un “techo vivo”, térmico (con una lona con 20 centímetros de tierra sobre la madera); espacios para panadería, horno y termotanque a leña; el tratamiento de las “aguas grises”, jabonosas de la ducha y la cocina, el secreto de los “baños secos”, enre otras fórmulas y técnicas.

En El Bolsón, Silvia conoció a Jorge Belanko, un referente del tema en Argentina y además, amigo de Damian Colucci, quien prologó La revolución de un rastrojo , una biblia de la agricultura natural, de Masanobu Fukuouka. Silvia leyó ese prólogo y quedó prendada. “Damian hablaba de lo que yo quería ser. Nos escribimos cartas, postales y al final me fui a vivir con él a Monte Callado, un campo cerca de Tandil. Fue mi conversión a la vida campesina. Aprendí muchísimo. Fuimos autosuficientes. Reprodujimos más de 250 variedades de semillas. Molíamos nuestro trigo, nuestros cereales. Damian llevaba una vida medio ermitaña, yo organizaba talleres de vida campesina para gente que vivía en la ciudad”.

El matrimonio duró cinco años. En ese tiempo vinieron los hijos, los dos nacidos en la casa. “Para mí fue un cambio total abrirme a la libertad de dar a luz como un hecho trascendente en la vida de una mujer, que nos empodera. Cuando le conté a mi mamá que Pedro iba a nacer en casa me dijo que estaba loca, pero hoy me felicita cada vez que acompaño un parto en una casa. Le pasó igual cuando empecé con la construcción en barro. No le cerraba. Hoy también ella quiere hacerse una casa de barro.”

Alimentos sanos

Silvia tuvo otra experiencia de pareja. Vivió en una granja con animales y cultivos alternativos. Superada esa etapa se mudó a un terreno de media hectárea, abandonado “amparándome en la Ley de Usucapión”, dice ahora, cuatro años después. “Era un pajonal con tres ecualiptus. Lo primero que hice fue alambrar y poner árboles. Ciruelos, duraznos, aromáticas… Hace dos años comencé a construir la casa. Soy de los que volvimos a acercarnos a la naturaleza. Buscamos la autosuficiencia, tener vínculos sociales más estrechos, comunitarios. Repoblando el territorio podemos conseguir desarrollos en base a energías más limpias y produciendo a pequeña escala alimentos sanos, limpios de agroquímicos”.

Este año, en su huerta, sembró tomates rosados, negros, corazón de buey, lágrima de oro, y veintisiete variedades de semillas que desprenden su aroma a plantines y tierra mojada. “Mucho de esto también se puede hacer en la ciudad. Eso es ‘permacultura urbana’, es decir, la promoción de métodos eficientes para reducir los impactos negativos. Hay que repoblar el territorio. Si no, se lo dejamos a los productores de comodities: la soja, la minería, todo lo que se extrae de la tierra”.

Silvia se queda callada y mirando dos horneros que están sacando el barro del pisadero donde ella hace la mezcla para la casa. “¡Pero mirá que guachos! Bueno, yo también se las hago fácil. Pero está bien, la vida en el campo es así…”, dice y señala con bonhomía dos pechitos colorados que se posan a picotear el duraznero.

5 comentarios

  1. everardo pereira

    Deseo conocer a Sivia Gomez, me parece muy interesante su experiencia y filosofía de vida

    3 diciembre, 2015 a las 23:10 · Responder
  2. DIEGO

    MUY BUENO FELICITACIONES, ES UN PROYECTO INTERESANTE.

    5 diciembre, 2015 a las 8:57 · Responder
  3. Alcira

    Desearía comunicarme con Silvia Gomez.

    16 diciembre, 2015 a las 15:53 · Responder
  4. Volver a la Tierra

    Quienes deseen contactarse con Silvia, pueden hacerlo visitando su perfil en Facebook: https://www.facebook.com/silvia.gomez.9659283

    18 diciembre, 2015 a las 15:37 · Responder
  5. Matias

    Muy buena nota!!! Es muy motivadora me gustarian mas notas asi!

    13 abril, 2016 a las 17:24 · Responder

Dejá tu comentario

Tu email no será publicado. Campos requeridos *