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Domingo 25 de Junio de 2017
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Tierras, Visión

· 6 Enero de 2014

Razones que explican el escaso arraigo en la región

Algunas razones que explican el escaso arraigo en la región
Daniel Tirso Fiorotto
De la Redacción de UNO

Respuestas posibles a las denuncias que se apilan en los últimos cien años sobre el destierro de los entrerrianos, por falta de oportunidades en su propio suelo. Ideas para compartir en vacaciones.

"con bajo desarrollo industrial y alta concentración de la propiedad y la tenencia del suelo, el destino de los entrerrianos tiene un sello y dice destierro."

“con bajo desarrollo industrial y alta concentración de la propiedad y la tenencia del suelo, el destino de los entrerrianos tiene un sello y dice destierro.”

Empecemos con unos versos: “más naides se crea ofendido/ pues a ninguno incomodo,/ y si canto de este modo,/ por encontrarlo oportuno,/ no es para mal de ninguno/ sino para bien de todos”.

Aprovechamos la estrofa en la que José Hernández se despide para arrancar nosotros con esta columna dirigida más a la conciencia de la entrerrianía que contra los enemigos. Que nadie se enoje, pues. Y si alguien tiene para rebatir, aquí está el espacio.

Diremos que con bajo desarrollo industrial y alta concentración de la propiedad y la tenencia del suelo, el destino de los entrerrianos tiene un sello y dice destierro.
La provincia no logra salir del sitial que ocupa desde hace décadas, como principal expulsora de habitantes en el país, pero hay algo más grave: que los propios ciudadanos no tomamos conciencia de la peligrosidad del estado de cosas, de la tremenda injusticia que cometemos al escuchar con desidia el éxodo de un compañero, un familiar, un vecino.
Quienes ponen en tela de juicio las industrias contaminantes y la aglomeración, por las razones que esgrimen hoy los estudiosos del ambiente sobre los efectos negativos de esas prácticas, y quienes observan que la tecnología ha sido puesta al servicio del mercado y las multinacionales, y no de la mujer y el hombre de trabajo, todos ellos vuelven los ojos a la relación de la especie humana con el suelo para la vida austera y digna, sin lujos pero sin hambre ni explotados, y con lugar para todos.

 

Alimentos y biodiversidad

Para dar un ejemplo, tomaremos el territorio de la provincia de Entre Ríos en relación con sus habitantes actuales para imaginar otro tipo de distribución demográfica.

Se verá el interesante resultado de la prueba, y no sólo para el ámbito local: provincias administradas por partidos diferentes muestran situaciones similares en el litoral.

Hay que insistir, antes que nada, en la serie de denuncias que hemos registrado a lo largo del último siglo, sobre el éxodo entrerriano. Se cuentan por decenas los autores que alertan sobre este flagelo: poetas, economistas, historiadores, sociólogos, periodistas, escritores, gremialistas.

Pero también debemos subrayar que, al lado, la provincia de Buenos Aires creció en forma desproporcionada y tiene a nuestros hermanos hacinados en el conurbano de la capital del país. Tras el destierro, el hacinamiento. Mientras en sus pagos domina el silencio de los sepulcros, que entregan los latifundios.

Hemos dicho que, tomando los censos de seis décadas, si Entre Ríos tenía 100 habitantes pasó a tener 157, y en cambio Buenos Aires si contaba 100 pasó a 365. Y no es difícil explicar que gran parte de ese aumento poblacional desequilibrado, en nuestro país enfermo de macrocefalia, se debe a la emigración de entrerrianos (y santafesinos, y correntinos, y chaqueños, etc.), al conurbano bonaerense.
En el último día de 2013 nos encontramos en Paraná con un pescador y trabajador portuario de esta ciudad, Héctor, que se marchó hace quince años a Buenos Aires, y ahora vive en Luján. “Allá hay para todos, no trabaja el que no quiere, hay que irse de acá”, sintetizó el hombre desde su experiencia obrera. Él nos estimuló a volver sobre el tema, y a personas como él, echadas de su terruño, dedicamos estas reflexiones.

 

Para todos, y sustentable

La provincia de Entre Ríos ha expulsado en 60 años unas 750.000 personas. Decenas por día. Esa condición para el destierro de sus hijos es compartida con su hermana y vecina Santa Fe, y con la mayoría de los territorios del litoral, aunque todos en menor proporción que Entre Ríos.

Ahora veamos: si cada entrerriano o entrerriana tuviera acceso a una hectárea (una manzana), viviríamos todos en 1,5 millón de hectáreas (contando espacios comunes). Y el territorio de Entre Ríos tiene 7,8 millones.

De modo que si dejáramos casi la mitad de la superficie para la biodiversidad, el monte nativo, los humedales, los pastizales, incluso algunos campos para pastoreo de baja intensidad con intervención mínima, nos quedarían otras casi 4 millones de hectáreas para la producción, sea agrícola, forestal, frutihortícola o ganadera.

Una familia de padres, hijos y nietos con diez integrantes tendría acceso, pues, a 10 hectáreas. Todo dicho para iniciar el diálogo, porque depende de muchos factores, del momento en que se encuentre el nuevo régimen y las condiciones naturales y culturales de cada región.

Nadie puede pasar hambre, hacinamiento o sufrir problemas de vivienda o destierro si su familia y sus vecinos tienen maíz, arroz, leche y sus derivados, gallinas, pollos, huevos, cerdos, trigo, papas, tomates, arvejas, zapallos, hojas verdes, mandarinas, naranjas, duraznos, nueces, viveros, maderas, peces, otras frutas, etc., en una economía comunitaria, y espacio y conocimientos para desarrollar los más diversos oficios.

Está claro que, con todas las costas de los ríos y arroyos pobladas de montes nativos en corredores maravillosos de biodiversidad, con el consenso de que en la región no debe ser talado un solo ejemplar de una especie nativa si no se plantan diez, con la reserva de montes indígenas sin presencia humana, con todos los entrerrianos bien ubicados y una organización social sin hacinamiento, sin atropellos, se ocuparían 1,5 millones para las personas y sus actividades productivas comunitarias (somos 1.200.000), y quedarían otros 2,5 millones de hectáreas dentro del área que llamaremos productiva.

Obsérvese que en esa superficie “restante” cabrían ciento cuarenta ciudades de Buenos Aires.

Pero pensemos en la producción a escala: si en esas 2,5 millones de hectáreas restantes colocamos establecimientos clásicos de entre 50 y 150 hectáreas tendremos allí 25.000 establecimientos agropecuarios clásicos. ¿Cuántas explotaciones agropecuarias tiene hoy Entre Ríos? Menos de 20.000.

¿De cuántas hablamos nosotros? De 25.000 más otras 100.000 predios con una variedad de extensiones, según los usos. Más la otra mitad del territorio que quedaría libre de la especie humana.

Decimos “a escala” porque un predio de 100 hectáreas es una extensión importante para cultivos y otros rubros que puedan exigir trabajos extensivos; pero además, cooperativizados, esas parcelas pueden ser mayores. La ecuación es sencilla.

Repasemos entonces: todos los entrerrianos pueden tener una hectárea, más otros espacios comunes para producción y otros fines, los montes nativos y humedales pueden ocupar una porción extraordinaria del territorio y aún así quedaría espacio para 25.000 establecimientos agropecuarios clásicos de entre 50 y 150 hectáreas, con fines diversos. O dicho de otro modo: quedaría espacio para que dos poblaciones similares a la de hoy desplieguen sus trabajos y talentos.

Hoy quedan menos de 20.000 explotaciones en total, y un espacio decreciente para el delta y los montes nativos. ¿Cómo se entiende?

 

Los nuevos invasores

La explicación no es difícil: la región está enferma de latifundios, enferma de títulos de propiedad en manos de cualquiera menos de campesinos, enferma de especuladores que desplazan al campesinado, enferma de factores parasitarios.

Financistas, oligarcas de toda laya, deportistas profesionales, artistas y empresarios que jamás tomaron una pala entre sus manos, que no saben la historia de su lugar y que ni siquiera viven en las estancias que compraron, se han adueñado del territorio.
Europa hizo desquicios en Entre Ríos, ya en los tiempos de la independencia y antes florecían los reclamos por un problema central: el arraigo, la tierra.

Sin embargo, los descendientes de aquel desbarajuste aún no tomamos el toro por las astas. Para decirlo de otro modo: Juan se apropió de 50.000 hectáreas sólo por llegar en un barco desde Europa hace algunos siglos, y para ello mató o expulsó o mandó matar a centenares o miles de habitantes de esa superficie. Luego, los herederos de Juan viven en Europa o Buenos Aires, y trabajan esas 50.000 hectáreas con diez peones mal pagos y algún pool de siembra, es decir, con los nuevos invasores, peores que los de antes porque ni siquiera ponen en riesgo el pellejo para sus fechorías: abren sus billeteras repletas de dinero de dudosa procedencia (si aún nos quedan dudas), y tampoco billeteras: pases bancarios, cuando no dinero muy mal habido.

 

Derechos de la Pachamama

Se nos dirá que un campo de 400 hectáreas no es un latifundio y que apenas le da un pasar tranquilo a un par de familias. Es cierto en muchos casos, pero sólo si nos restringimos a este sistema actual hecho para la economía de escala. Esto es clave. Hoy, un agricultor sólo puede tener las máquinas que exige el sistema impuesto desde Buenos Aires si administra una estancia grande. El sistema está hecho para la escala, para los grandes. Aquí los chicos no se sostienen y se empobrecen o venden sus parcelas, para incorporarse al hacinamiento de los barrios.

En otro régimen, las cosas serían a la inversa.

Nosotros comprendemos estas exigencias, por eso no descalificamos (como lo han hecho altos mandatarios) a los productores que con gran esfuerzo llevan adelante su empresa. Sí advertimos que esos mismos empresarios deben estar conscientes de que la economía de escala en el campo es un disparate y no se sostiene. Los justificamos sólo porque son víctimas del sistema, pero no si adhieren al sistema, si terminan creyendo que la concentración de la propiedad es justa.

El sistema hace que las personas con campos medianos y chicos deban hacer malabares para sobrevivir, porque fue diseñado por grandes estancieros ganaderos o cerealeros (por ellos y para ellos), junto a otros sectores de la oligarquía como las multinacionales, y la alta burguesía; fue hecho para enormes máquinas, poderosos inversores especulativos, pensando en el dinero y en el valor inmobiliario y dejando de lado a las personas, los oficios, los conocimientos ancestrales, el amor al suelo, el arraigo, el equilibrio demográfico, las bondades de la diversidad cultural, a la vez que desconociendo los derechos de la Pachamama. (Factores que para la mentalidad burguesa y extractivista suelen ser despreciables).

Nuestros países fueron diseñados como el patio trasero del imperio, con el auspicio de las oligarquías con casa central en las metrópolis y tentáculos por todos lados. Las regiones como Entre Ríos somos, pues, el patio trasero del patio trasero. Zonas de sacrificio.

 

El cuento del minifundio

Enferma de especulación, enferma de capitalistas de las finanzas expulsando a las personas, enferma de economía a gran escala, nuestra tierra expulsa. Enferma de predios concentrados en pocas manos para servir a unas pocas multinacionales y al gobierno nacional que recauda a escala y reparte en forma arbitraria. Así están nuestras provincias, y no sería muy largo detallar los responsables de este sistema, que es lo que permanece mientras los gobernantes cambian de nombres, pero lo cierto es que el capitalismo no se sostiene sin consumismo, y el consumismo es un mal que afecta a las mayorías.

Otros dirán que estamos proponiendo el minifundio. El término “minifundio” es una de las farsas más arraigadas en la región, inventada por los que tienen mucho para expulsar a los que tienen poco.

Mi padre, Virgilio, me ha dicho desde hace mucho que los políticos de distintos partidos en la Argentina se pusieron de acuerdo para combatir el minifundio y permitir el latifundio. Pero combatir el minifundio significó erradicar a los campesinos. La partidocracia y las dictaduras, socias de la economía a escala, enemigas del campesinado y colaboradoras de la macrocefalia y el hacinamiento de las familias empujadas a los barrios por los que se quedan con la superficie del país.

¿Por qué en algunos países la unidad económica es de diez hectáreas y en Entre Ríos tiene que ser de 300? Muy sencillo: porque los gobiernos promueven la economía de escala y expulsan al chico, todo está servido para el gran propietario o el gran arrendatario, y a los campesinos se los pone a competir con el capital financiero y las multinacionales: una de las mayores canalladas de la política argentina de casi todos los tiempos.

¿Por qué el estado subsidia a Monsanto, Cargill y las empresas transportistas y los pooles construyendo rutas que destruyen sus pesados camiones, y no desparrama ripio en los caminos interiores para que un campesino pueda tener un tambo, un gallinero, o llevar sus hijos a la escuela? ¿Por qué se pueden expropiar parcelas para una autopista que usarán los camiones y los turistas de Buenos Aires, y no para dar parcelas a los obreros entrerrianos?

Una sola familia no puede trabajar una huerta de 5 hectáreas, es demasiado. Sin embargo, el estado pondrá miles de millones en entretenimiento banal y no pondrá un centavo en ofrecer infraestructura para que la economía familiar se desenvuelva en las comunidades de la tierra.

 

El hombre es de la tierra

Los gobernantes son en general aliados de esa especulación, socios, marionetas de las multinacionales y de los grupos financieros que hicieron de Entre Ríos una cancha para sus negocios.
Entre Ríos puede ser hoy un paraíso con biodiversidad a pedir de boca, espacio para todos, diversidad productiva gracias al suelo, el agua, el clima, los conocimientos ancestrales y la proverbial voluntad de trabajo y actitud para la gauchada que es un valor intangible extraordinario.

La organización política de los entrerrianos podría, incluso, tomar gran parte de esas superficies para sostener los organismos y las obras comunes.
Los mayores especuladores no están sólo en las grandes estancias y los pooles, pero aquí señalamos que, para los entrerrianos y sus vecinos, el uso del suelo todavía debe generar expectativas con vistas al arraigo. No será lo mismo en Japón.

Ahora, ¿cómo favorecer una economía comunitaria, aliada de la naturaleza, con espacio para todos, empezando por los árboles, las hierbas, el agua, los insectos, los pájaros, los peces, los reptiles, los mamíferos y dentro de ellos la especie humana, si en el resto continúa un sistema depredador para pocos?

Interesante desafío que se puede afrontar por distintas vías. Los modelos pueden ser tantos como el tamaño de nuestra creatividad y de nuestros conocimientos de las experiencias milenarias de este suelo. Habrá seguramente sistemas mixtos, caminos más drásticos, más graduales, depende de mil circunstancias.

Digamos, para finalizar, que si cada chica y cada muchacho de cualquier barrio pide una hectárea per cápita para desenvolverse en la vida estará en su derecho, siempre y cuando tenga conciencia de que la tierra no es del hombre sino el hombre de la tierra, es decir: el uso debe estar limitado por la sustentabilidad, los derechos inalienables de la naturaleza, y las oportunidades de todos. De lo contrario, no haremos otra cosa que multiplicar los males.

Si es para depredar y medrar, dejemos las cosas como están.

 

Razones de una obsesión

No es un trastorno, es una inquietud persistente y creciente, pero digamos que nuestra obsesión por el destierro de tantos entrerrianos obedece a que, hecho el diagnóstico, los distintos gobiernos no aportan un plan para superar este flagelo y no se ve que las organizaciones sociales, universidades, gremios, tomen cabal conciencia del flagelo.
Personas expulsadas, naturaleza diezmada. Muy descabellado.

En una columna anterior traíamos a colación una geografía de Felquer de 1960: “comparando el censo de 1947 con el de 1960, comprobamos que Entre Ríos es de las provincias que menos población aumentó en dicho lapso… El país, en 1960, en relación a 1947, acusa un aumento de 25,9%, mientras que Entre Ríos solamente representa el 0,8%; Misiones, 34,9%; Buenos Aires, 34,4%; Formosa, 34, y Chubut, 32,6%”.

Estas estadísticas son fundamentales, porque hemos escuchado en estos días la reiterada fantasía de que en esa época el país sostuvo un crecimiento y unas condiciones favorables para los trabajadores: no es así. Eso pudo ocurrir en algunas regiones del país, no en Entre Ríos. Expulsar, desterrar, no son sinónimos de mejorar, arraigar, poblar, dar lugar para el trabajo y el sustento.

En otra columna anterior brindábamos estos datos apabullantes: “desde el Censo de 1947 hasta el censo de 2010, la población de Entre Ríos creció un 57% en cantidad, la argentina un 152%, y la población de la provincia de Buenos Aires un 265%. Si Entre Ríos hubiera crecido al mismo ritmo que la Argentina tendría 750 mil habitantes más. Si hubiera crecido al mismo ritmo que la provincia de Buenos Aires tendría 1.600.000 habitantes más”.

1 comentario

  1. Luis Andreatta

    Fantástico Tirso!!

    7 Enero, 2014 a las 13:27 · Responder

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