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lunes 20 de noviembre de 2017
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@joselo_siviero

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· 29 agosto de 2012

Los vuelvistas se salen de la fuga occidental y echan raíz

Vivir bien. Comer barato y sano son conceptos vivos que los vuelvistas conocen y realimentan a diario.

En un reencuentro con antiguas sabidurías, por actuales inquietudes ambientales y sociales, algunos vecinos advierten los riesgos del sistema y retornan a las fuentes

Vienen de historias distintas, y confluyen en dos puntos: una aguda crítica al sistema y un regreso a la armonía del hombre en la naturaleza. Pero se mantienen más o menos dispersos, en soledad o en distintos grupos. En el fondo, coinciden en que el sistema occidental está pateando los problemas para el futuro y que esa acumulación de tensiones no es halagüeña para la vida en el planeta.

La humanidad, dicen, en vez de encarar los problemas ya inocultables se fuga hacia el mañana, a ver si el tiempo por obra de magia disuelve esos problemas. Muchos de ellos, en vez de volcarse a instituciones para competir por el poder, se salen de toda competencia porque entienden que eso de competir está en el alma del capitalismo que, precisamente, combaten. Competir en todos los órdenes en vez de compartir: he ahí uno de los vicios de la modernidad, que los vuelvistas denuncian. Pero veamos otros: gastarse la energía de una, cualquiera sea el costo de extracción; consumir sin límites en los países centrales, tener fe en un crecimiento eterno por más que los datos objetivos demuestren que es una fantasía…

En el centro la tierra

Son los vuelvistas, frutos de la confluencia de antiguos conocimientos de este continente y del resto del mundo, con las muy contemporáneas y crecientes inquietudes por el estado del ambiente y las acechanzas de la tecnología, y por la condición de la humanidad que parece más cerca del abismo cuanto más humanista se llama. La confianza en el hombre está matando al hombre. Por eso los vuelvistas no comulgan con el antropocentrismo ni con el eurocentrismo, y menos con la apoteosis (tan propia de occidente) de los títulos de propiedad y las patentes, pero su enorme y crucial enfrentamiento con el sistema no ha logrado unirlos. Es decir: se saben ante una acelerada destrucción, con multinacionales patentando y gobiernos convalidando, pero la dimensión del problema no avienta los personalismos, las disputas que parecen menores, la desconfianza. Ocurre en distintos ámbitos, y se transluce entre ecologistas, porque algunos observan que el sistema, el capital financiero, el poder económico y bélico mundial, el imperialismo en suma, se camufla y roba discursos para enderezar a sus fines las reflexiones y las luchas.Así es que los vuelvistas conviven en un mar de desconfianza.

En Entre Ríos este estado de cosas se palpa a pleno. Es el poder, y las multinacionales en primera línea (pero no solo esos grupos), tomando frases, símbolos, luchas, atacando por distintos flancos para quedarse no ya con el sistema, sino además con la “oposición”, y para eso se vale de un ejército de quintacolumnistas. ¿Quieren verde? Seremos más verde que el loro. Pero más allá de los mil obstáculos y cantos de sirenas, los vuelvistas siguen desarrollando conocimientos, encuentros, muchas veces atomizados y con diagnósticos parecidos en torno del plano inclinado en que nos desenvolvemos.

Y siguen, más allá, también, de los distintos gobiernos (en apariencia), los múltiples proyectos de ley o las reformas constitucionales que, en el mejor de los casos, se aprobarán para no cumplirse o cumplirse a medias.

Sobre el Titanic

Uno de los temas centrales del vuelvismo es la tenencia y el uso de la tierra.

Aunque suelen enfrascarse en asuntos puntuales, y a veces por influencias del entorno local quedan un poco encerrados en batallas demasiado focalizadas, puede observarse una cierta coincidencia de muchas personas y muchas organizaciones en eso de volver a antiguas convicciones sobre la armonía del hombre en la naturaleza. Hay un reverdecimiento de la necesidad de reforma agraria, pero no ya como en las décadas anteriores que involucraba una distribución lisa y llana, o una propiedad colectiva, sino con el aditamento, que pasa a ser esencial, de que la tierra no es del hombre sino el hombre de la tierra. Y con una expresión bastante nueva pero perfectamente ensamblada con la cosmovisión de los pueblos antiguos de este continente: la economía sustentable. Los enemigos: el capital financiero, las multinacionales, la industria sucia, el baño con sustancias químicas para los agronegocios; la fractura hidráulica, la megaminería, la petróleo-dependencia, los represamientos, la propaganda consumista, el hipermercadismo, las megaobras, la industria bélica… Los vuelvistas saben que el actual sistema necesita esas cosas para subsistir, pero a la vez entienden que en este sistema se navega como en el Titanic… Entonces, muchos sin saberse ni decirse vuelvistas han vuelto la mirada a la vida austera, y a las enseñanzas de la naturaleza, y del hombre que supo ensamblar en el entorno. Y conscientes de que esos enemigos enunciados pueden ser causas pero también emergentes.

En tanto se sostenga el sistema actual, demandará metales en forma voluminosa, petróleo, gas a cualquier costo, hidroelectricidad, agua y agua, y una maquinaria infernal para el extractivismo en el subsuelo y en el suelo, lo que diríamos: plan sojero con tecnología Monsanto.

La cosa se parece, entonces, a las luchas contra el narcotráfico: ¿le hacemos la guerra a los que cultivan y trafican, o miramos para el lado de los que promueven a tracción ese negocio, porque consumen?

El que siempre vuelve

Desde agrupaciones entrerrianas y orientales se promovió, desde hace un lustro, la consigna Artigas vuelve. Y el vuelvismo echa raíz allí también. Sabemos que el aprecio por el artiguismo se origina en la mirada integral que heredamos de la revolución federal, una visión que reunía a los pueblos, las historias, los valores trascendentes, y respetaba los modos de cada cultura. Al decir Artigas vuelve, estamos volviendo nosotros a bañarnos en ese universo indio, africano, gaucho, criollo, intransigente con el colonialismo. A empaparnos de arriba abajo en la austeridad, en la valentía de las determinaciones, y en la necesaria correspondencia unívoca entre el discurso y los hechos, como es ley en una rueda de mate. Volver a Artigas (y nos referimos a la expresión sincera), es volver al espacio cercano más transparente de la revolución libertaria en nuestra región, asociado en su espíritu a otras revoluciones como las de Túpac Amaru y de Haití.

Volver al tejido de fibras de Abya Yala (América), devolver a la mujer y al hombre las expectativas por una vida tan amable como esforzada, con lugar para el aire puro y el silencio (donde las cosas se acomodan solas), porque la trama misma es armoniosa: eso es el vuelvismo, ahí abrevan los vuelvistas.

Volver no es repetir, no es reinstalar el pasado: volver es quitarse los ropajes, los ruidos, los engaños en que hicimos hábito por el apuro, el facilismo y los afanes de apariencia y consumo y competencia que nos colgaron.

Volver es no correr esa carrera. Volver es no consumir esa estupidez, es mirarnos desnudos y en soledad en medio de la cárcel de asfalto y cemento que naturalizamos, y en donde solo podemos andar a los empujones, los que podemos andar; mientras miles se pasean por el frío en el invierno, el calor insoportable en el verano, y por los tachos de la basura cada noche.

El vuelvismo podría sorprendernos pero no por rebuscado sino por explicar con otras palabras lo que ya sabemos.

Dos personas son amigas y es posible que no lo hayan dicho jamás. Porque, aparte, esa palabra “amigo” quizá resulte insuficiente. De ahí el uso de amigo-hermano, hermano-amigo. Y bien: muchos somos vuelvistas sin decirlo, y a veces sin darnos cuenta.

Podemos ser ecologistas, cooperativistas, filósofos, historiadores, militantes sociales, artistas, pensadores, agricultores, obreros o todo eso a la vez; podemos ser urbanos o rurales, folcloristas o rockeros, sociables o ermitaños, profesar las creencias que nos plazcan, afiliarnos a un partido, en fin, y a la vez sentirnos comprendidos en este estado integral, con esta visión de cuenca donde no hace mella el paso de los años, y donde las fronteras ficticias se desvanecen: en eso andan los vuelvistas.

Vale subrayarlo: no se trata de volver al pasado o volver al futuro. Esa línea nos confunde. Por ejemplo, si la revolución artiguista es el “pasado”, ¿cómo llamar al tiempo de la mujer y el hombre en la Edad de Piedra?

Si tomamos solo los 20.000 últimos años del hombre en Abya Yala como “pasado”, veremos que José Gabriel Condorcanqui y Micaela Bastidas fueron ejecutados bajo tortura hace cinco minutos.

Entonces el verbo volver se entenderá mejor para el vuelvismo en la acepción de volver la mirada, tomar asiento y aliento, salir del encierro y el apuro, quitarnos las anteojeras, mirarnos adentro, bajar el copete, analizar la diversidad de universos posibles, y ser conscientes de que el sistema único no es más que una creencia y que hay quienes pagan bien para que esta creencia se haga carne.

No más fantasmas 

En una región que expulsa a los seres humanos o los amontona, donde el paisaje hiere por la proliferación de taperas, y antiguas localidades pujantes se convirtieron en “pueblos fantasmas” a raíz de la abrupta caída demográfica, los vuelvistas vuelven la mirada al suelo. Cuando las consecuencias de la soberbia del hombre-rey y sus atropellos quedaron ya a la vista, los vuelvistas van por las grietas, van por las aldeas vivas, protegidas de los vientos globalizadores por la conciencia de las personas y la fibra de los lazos de unidad; con ciudadanos integrados al mundo y capaces, a la vez, de una vida autónoma, sea en el plato del mediodía como en el encuentro artístico del atardecer. El blindaje no será entonces solo externo como un caparazón porque debemos reconocer nuestra vulnerabilidad interior. Ese blindaje debe ser desde adentro.

En nuestra región hay departamentos que tienen menos habitantes hoy que hace sesenta años. Los números del destierro de mujeres, hombres, niños, y el contenido de esos números en familias completas desterradas, nos exigen una respuesta severa. Algunos harán oídos sordos, otros amagarán combatir el cáncer con aspirinas, y todos ellos serán más o menos cómplices de la estructura expulsora de esta región. Pero la naturaleza llama al arraigo. Es el sistema impuesto por el hombre el que facilita el acaparamiento de las riquezas naturales por unos pocos, que echan a sus vecinos para seguir medrando.

Esos pocos están enganchados a un sistema que en el fondo se define como imperialismo, en una cadena vertical que sirve a pocos y sujeta a las mayorías.

Los vuelvistas definen el éxodo planificado como crimen social, y se obligan a pensar y actuar en consecuencia.

Rotular al Flaco

Nuestros vecinos, primos, hermanos, parientes, compañeros, no se fueron por voluntad propia sino empujados. ¿Quién asume el deber de resistir, esclarecer y revertir el proceso? El destierro es un crimen, peor aún si va acompañado por el desmonte, y eso ha ocurrido aquí. ¿Cómo explicar esta paradoja? ¿Menos biodiversidad, para menos seres humanos? Una palabra lo resume:  saqueo. Y es que unos poquitos capturan el territorio y lo usan no de hogar sino de cancha para sus negocios millonarios. Otra palabra sintetiza las razones de la continuidad del sistema: indolencia. Y allí están los vuelvistas, tratando de superar la desidia para hacer frente al saqueo, pero lo que quieren de entrada es trabajo, trabajo decente, para una vida sana y austera.

Así es que los vuelvistas deciden volver a la tierra con todo lo que eso significa, y lo hacen con felicidad y firmeza a la vez.

Producción orgánica y en cercanía, permacultura, soberanía alimentaria, sumak kawsay (vivir bien), ayllu, decrecimiento, pensamiento decolonial, hendijas, rueda de mate, son conceptos vivos que los vuelvistas conocen y realimentan a diario porque en esa conciencia y en esas prácticas está el otro universo.

Del mismo modo, conocer el encadenamiento de sabidurías milenarias y luchas independentistas, obreras y ambientales, es un sostén para no quedar a merced del primer viento o la primera reacción.

Pero lo explica mejor el pensador Flaco Claret, que llama a buscar no adelante sino al costado. Ahí está, lo que decimos, un vuelvista. “y, aunque va contra el sentido común, en este retorno a la semilla, voy pudiendo. sin poder”. Así, sin mayúsculas, ¡qué Flaco, ese Claret, y cómo se burlará del rótulo!

¿Desierto para quiénes?

No hay que ver en el vuelvismo una salida individual o grupal, sino un estado, en la cadena histórica milenaria de Abya Yala. Ni siquiera salida o entrada, sino atmósfera.

Para los vuelvistas no basta modificar artículos de algunas leyes, o gestionar espacios, uno a uno, en este sistema. No: esos pueden ser placebos. Saben que en nuestro continente están las raíces de todos los tiempos y no menosprecian ninguna de las culturas del planeta pero empiezan por mirar las estrategias de vida de la mujer y el hombre en Abya Yala, en nuestro suelo. (Abya Yala, tierra en plena madurez, tierra de sangre vital, llamaban nuestros antiguos pobladores al continente que el europeo rebautizó América). Los vuelvistas vuelven, pues, a un lugar de donde jamás debimos salir: la relación amorosa con la naturaleza, como naturaleza que somos. Los vuelvistas comprenden que hay razones para que nuestra región se vaya despoblando, que el éxodo no es fruto del azar.

Una provincia poblada, una localidad poblada, generan un movimiento interno y una trama. El poblamiento beneficia a los propios hijos de esta tierra, a sus vecinos, a las organizaciones locales y regionales, a los trabajadores y a las pymes, e incluso a los organismos estatales cercanos (aunque tantas veces sirvan al gran capital).

¿Quiénes se benefician con un desierto, aunque el desierto sea verde?

¿Vos de qué lado estás?

Pongamos nombres de vecinos a los vuelvistas. María dice, por ejemplo, que hay que volver a la complejidad y al sabroso universo de las escuelas granja y marchar a las huertas cercanas y a las cooperativas. Juan suscribe eso de las quintas de proximidad, y habla de volver a los frutales y a la producción orgánica con semillas sin modificación genética y sin más fumigaciones de sustancias químicas. Antonia señala antiguas tradiciones milenarias, sabidurías que el modernismo esconde con sus cáscaras. Para Nahuel hay que volver a los modos de Abya Yala, a los 40.000 años de historia acá, a los ayllus, curados del vicio del europeísmo. Lautaro nos anima a revisar las revoluciones de Túpac Amaru y José Artigas, y a quitarnos de encima el lastre del centralismo metropolitano y la sumisión.

Reneé nos invita a volver la mirada a los africanos y afroamericanos en la región, a los guaraníes, charrúas, chanás, qom, wichís, mocovíes. Chelo vuelve con los ritmos, las melodías, las poesías de la región, al rescate de leyendas, modos, costumbres, expresiones, historias lugareñas milenarias como el mate, identidades en fin. Ernestina nos muestra los resultados del neoliberalismo, los extractivistas al acecho, nos pasea por taylorismos, fordismos, toyotismos, y nos llama a volver la mirada a la vida de alpargata y gallinero, sin más derroches de energías, sin poner en riesgo a la vida en el planeta. Facundo vuelve a Peyret, a Jauretche, a Mariátegui, a Kusch, a Ugarte, a Milcíades Peña. Adriana, después de sus clases, ha encontrado su modo de volver a la tierra a través de las danzas nuestras.

Beatriz nos invita a degustar los platos propios, la comida con alma, y recibe de nuestros abuelos y difunde las recetas de ayer y de siempre.

Pablo lucha contra la apropiación de espacios comunes; estudia, escucha, y cuando puede da clases en la costa sobre alfarería. Su amigo dice curupisiar, como decía el Zurdo, volver a la isla, al agua, volver a los maestros que le dan al pueblo “lo que el pueblo merece, o sea, lo mejor”.

Carlos ofrece una casa vieja para las obras artísticas y en cada reunión pierde en plata lo que gana en dignidad. Hugo se jubiló y está volviendo a la tierra sana. Ernesto practica la permacultura y lee a Boff y algo puede decir de la Gaia. María José planta semillas, Analía habla de volver los ojos al barrio y sus claroscuros.

Así podríamos seguir con nombres, inquietudes, valores que se cruzan y nos cruzan.

Son ejemplos, y bastan. No hay fundamentos para hablar del crecimiento sin límites, para menospreciar las raíces.

En la región que expulsa a sus hijos, la misma que los pueblos originarios defendieron con su sangre durante siglos; en este territorio que aún luce la banda roja charrúa y el sol inca, nos inclinamos ante la madre tierra lavados de soberbia.

Eso es vuelvismo.

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