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· 13 Diciembre de 2013

El Antropoceno: la era en que la humanidad avanza hacia la autodestrucción

Esta es una adaptación abreviada del artículo: John Gowdy and Lisi Krall (2013). The ultrasocial origin of the Anthropocene. Ecological Economics 95: 137–147

Por Pedro Goenaga

Hoy en varios grupos académicos existe consenso en pensar que la humanidad y el planeta todo, ha entrado en una nueva era geológica que denominan “El Antropoceno”: la era geológica generada por la actividad humana que, partiendo de la Revolución Industrial en el siglo XVIII, ha culminado en la actual crisis climática, ambiental y de agotamiento de los recursos naturales, cuya descomunal magnitud amenaza la continuidad de las civilizaciones y de una infinidad de otras especies de organismos vivientes.

Este concepto se viene debatiendo en los foros mundiales de investigación y sus claras conclusiones se publicaron en muchas de las revistas de divulgación científica más prestigiosas, a menudo presentando la crisis en términos alarmantes y hasta apocalípticos. También han explicado las causas, los orígenes, la génesis de este largo proceso, que asombrosamente, continúa siendo ignorado o negado por la mayoría de las personas, incluso los políticos y otros sectores muy educados de la población, a los que les cabría una mayor responsabilidad. Parecería querer esquivarse el mensaje, quizás porque impresiona cual la antesala de un cisma que interrumpiría la tan arraigada e ilusoria promesa del mito del progreso continuo; del avance evolutivo que nos conduzca a “un mundo feliz”…..el paraíso.

Es que se sabe con certeza que, por efectos de las actividades humanas acumulados en los tres siglos pasados, los intrincados sistemas que regulan el clima se hallan desbordados, descontrolados y pueden desencadenar desastres imprevisibles: el “Cambio Climático”, entre otros desbarajustes. Ya lo están percibiendo hasta los más desprevenidos. También se sabe que varios de los recursos que fueron esenciales durante esta irrefrenable carrera del crecimiento y del consumo -los fetiches fundacionales de la ideología económica imperante-, están al borde del agotamiento y ya no hay más de adónde extraerlos. El caso emblemático y más impactante es el de los combustibles fósiles, ya tan cerca de su extinción que como alternativa final ahora se propone, literalmente, exprimir las piedras (léase “fracking”).

En añadidura existe otro impedimento para continuar basando la economía mundial en la energía provista por los hidrocarburos fósiles: aunque existieran reservas petroleras inagotables, tampoco se podría seguir quemándolos, puesto que la atmósfera ya no es capaz de almacenar más carbono sin antes ocasionar la destrucción de la biosfera.

Un vector más de la debacle actual es el de la contaminación ambiental, causada por el vertido de los compuestos químicos inventados por la industria. Fenómeno por el que se envenenan, corrompen y enferman el aire, los ríos, los océanos, los campos, los ecosistemas; toda esa trama complejísima de organismos vivientes (incluyendo a los hombres) que interactúan de modo apenas conocido. Se han alterado todos los ecosistemas…y el planeta íntegro.

Uno de los grandes interrogantes antropológicos de las últimas décadas, nunca antes imaginado, es el siguiente: ¿Cómo la humanidad ha llegado a trastornar los procesos biofísicos de la Tierra hasta llegar al extremo de liquidar en escasas décadas la cultura y la civilización acumulada durante milenios y de comprometer la continuidad de la vida?

¿Cómo es posible que pese a que estos peligros fueron advertidos hace varias décadas (*), se dejaran transcurrir tantos años sin despertar el interés por corregir el rumbo, ignorando los presagios y hasta despreciando y desautorizando alertas tan calificadas? ¿Cómo fue (es) posible tanta ceguera?

Las tempranas alarmas provenientes de los círculos académicos fueron desoídas, desestimadas por los hacedores de políticas (“policy makers”) y muy especialmente por el mundo de los negocios y sus economistas, que desaprensivamente prosiguieron reforzando las estructuras sociales, económicas y políticas convencionales con las que se convalidó un rumbo basado en principios, ideas y filosofías que retroalimentaron la marcha por el mal camino: los principios de la economía “neoclásica”. Muy especialmente a partir de la Segunda Gran Guerra.

Algunas interpretaciones muy impactantes son propuestas por los autores en el artículo de referencia, en que se analiza el paralelismo entre este comportamiento evolutivo de la humanidad con el de especies altamente sociales como las abejas, las hormigas o las termitas. En ambos grupos de especies -y no en otros- los individuos se organizan siguiendo un patrón de especialización según un alto grado de organización social que los biólogos denominan “ultrasocialidad”. Y es tal organización la que les confiere una tremenda potencia evolutiva que les ha llevado a colonizar vastamente el planeta. Es un concepto biológico nuevo que extiende sus implicancias a otras áreas del pensamiento: la filosofía, la antropología; recordemos si no, como antecedente, la brutal influencia que tuvo la idea del “darwinismo” llevada al terreno de la economía y la sociología.

Los autores proponen que las respuestas a estos conmocionantes interrogantes yacen muy profundo en nuestra historia evolutiva merced al concepto de “ultrasocialidad” y que al explorar los mecanismos evolutivos que lo sostienen, se aportarán conocimientos que contribuyan a enfrenta semejantes desafíos. Explican que unas pocas especies de insectos sociales siguen el mismo patrón, exhibiendo un crecimiento explosivo de sus poblaciones, una compleja y precisa división de tareas, la explotación intensiva de los recursos, y la expansión territorial. También que dicha organización social favorece la supervivencia y el crecimiento de un “supergrupo” por sobre el bienestar de los individuos dentro del grupo. Así sería como también los humanos incrementaron la productividad mediante la división del trabajo, los continuos retornos (económicos) de escala y la explotación de los recursos usados en la producción.

La ultrasocialidad, eventualmente, aportó a la civilización y la abundancia material que buena parte de la humanidad goza, pero la reorganización de la sociedad humana estimulada por la producción y acumulación de excedentes, también impuso dos predicamentos que parecen difíciles de resolver: el uso insustentable de los recursos biofísicos y la extrema inequidad material y social que caracteriza la mayoría de las sociedades contemporáneas.

Contradicciones del sistema

Dentro del actual encuadre del Capitalismo Global, que es el climax y la encrucijada adónde condujo tal proceso evolutivo, es ver cómo se resuelven las contradicciones de este modo de producción: ¿Se alcanzará la suficiente tensión como para que emerja un sistema enteramente nuevo o, al contrario, la fuerza del sistema podrá mantenerse hasta que el colapso ecológico sea ineluctable?
No hay ninguna duda acerca de que las presentes contradicciones del sistema son formidables. A saber.
El capitalismo global no puede proveer suficiente empleo; en USA la tasa de desempleo continúa rondando el 8% mientras que en algunos países de Europa es tan alta como del 25% y en los jóvenes del 40%. En los países emergentes las tasas de crecimiento que se necesitarían para generar todo el empleo necesario son claramente insustentables. Así, por ejemplo, es imposible creer que las economías de China o de India pueden proseguir duplicándose cada diez años.

Las manifestaciones estructurales de desigualdad y pobreza son dramáticas y están irrevocablemente integradas al sistema. No son meros problemas de distribución de la riqueza (renta), sino que son problemas estructurales y sistémicos del sistema. El sistema económico global (economía neoclásica) genera desempleo, desigualdad y pobreza a tasas más altas de las que sería capaz de contrarrestar el crecimiento. Y la dinámica de la expansión corre hoy en contra de los límites biofísicos del planeta haciendo más difícil que el crecimiento económico del futuro pueda resolver los problemas de desempleo, inequidad y pobreza y que, al contrario, lo más probable es que se prosiga empujando los límites biofísicos del planeta más allá de lo factible.

Aparte de los multifacéticos problemas de desempleo, inequidad, pobreza y de los umbrales biofísicos, también asoma la realidad de que la masa de la humanidad está mentalmente, o culturalmente cooptada por el sistema económico imperante. Es ingenuo pensar en términos del 1% versus el 99%. El 99% de los habitantes forman un grupo monolítico y muchos entre ellos están muy comprometidos y se benefician del status quo. Para un individuo, el temor de ser desestabilizado del lugar que ocupa, no importa cuán precario sea, es un pasaporte en contra del cambio o la modificación del sistema.

El capitalismo global tuvo ventaja evolutiva. La clave del concepto de “sustentabilidad” reside en la posibilidad de que se pueda ganar cierto control sobre el “superorganismo” que ha causado tanto daño a la humanidad y al resto de los seres vivientes. ¿Seremos capaces de enfrentar la enorme magnitud del problema a la luz de la comprensión de nuestra historia evolutiva?

A la gente le gusta pensar que sí, pero la especie humana no se destaca por su humildad. ¿Cómo clausuraremos este sistema económico antes del colapso? Las actuales contradicciones del sistema con sus desafíos ecológicos no pueden resolverse sin cambios fundamentales del sistema. Vista como un sistema evolutivo, la economía humana no tiene porvenir; no puede mirar hacia adelante en pos de prevenir el colapso y continuará en la senda actual en tanto pueda seguir funcionando dentro de un horizonte de inmediatez. Para empezar podría entenderse que existe una diferencia entre procurar mejoras en el funcionamiento del sistema actual -pero manteniéndolo en sus aspectos esenciales-, o, por el contrario, concebir como necesarios la aplicación de cambios radicales. Algunos ejemplos ilustrarán la importancia de esta diferencia.

Uno: la redistribución del ingreso disminuiría la inequidad del sistema haciendo que la vida mejore para algunas personas, pero sin resolver el problema de una economía que crea inequidad y que depende del continuo crecimiento para tratar de resolverlo.

Otro: la aplicación de impuestos a la emisión de carbono aumentará el precio de los combustibles fósiles y podría reducir su demanda, pero la imposición al carbono no resolverá el problema de largo plazo de proveer suficiente energía como para alimentar una economía en suficiente expansión. No obstante, dada la estructura de la economía con sus actuales problemas crónicos de desempleo y caída real de los salarios, es improbable que la tasación del carbono sea aplicada si se percibe que limitará el crecimiento. Ni las tasas al carbono, ni los subsidios a las energías renovables proveerán una transición cómoda hacia una nueva economía energética, dada la presente estructura de los mercados de energía. En tanto el cambio climático y la actual dinámica energética no interfieran la integridad estructural del sistema, el sistema proseguirá del modo actual, a menos que se trabaje activamente para desengancharse de él.

Los autores del presente análisis dicen no estar en condiciones de ofrecer un bosquejo acerca de cómo podría encararse semejante tarea; pero sí que se puede comenzar a construir una interpretación más detallada y crítica acerca de los impulsos evolutivos que modelaron la economía y la sociedad del presente y con ello, adelantar el esbozo de un plan viable para desactivar el “superorganismo”. Es preciso apreciar la tremenda magnitud de la tarea que debería ocupar las mejores mentes disponibles.

Para comenzar, las políticas de reducción de la pobreza y de la desigualdad deben construirse en torno a imperativos económicos enteramente diferentes a los vigentes. Son esenciales políticas de redistribución y de expansión del bienestar social, pero serán insuficientes si el pensamiento político continúa encasillado dentro de un sistema que alienta y reproduce el crecimiento, la desigualdad y la inseguridad económica.

No podrá alcanzarse el desmantelamieto del superorganismo mediante el “crecimiento verde, el consumo verde, o la agricultura local”, el uso de bicicletas o las cooperativas de trabajadores, si todas estas medidas son impelidas a funcionar dentro del sistema imperante. Tampoco las virtudes personales lograrán superar los problemas del sistema que se enfrenta.

Lo que parece ser una agenda de acciones radicales tendría que contrastarse con el costo de proseguir en el camino actual. Son monumentales los indicios de que los sistemas naturales, los servicios que aporta la naturaleza, han alcanzado un punto crítico de ruptura. Los escenarios pronosticados si es que se sigue el modelo económico del presente (“Negocios como de costumbre; Business As Usual, BAU”), conducen a un futuro de catástrofe, ya sea por los resultados previstos en el cambio climático, la pérdida de biodiversidad o la pérdida de empleo; todos conducen a la misma fatalidad. Las implicancias derivadas del concepto de la ultrasocialidad humana surgen claras.

Los autores finalizan: “estamos atrapados por un sistema impersonal y automático en el que los hombres y los recursos esenciales del mundo natural son descartables. Es un sistema mecánico que impide ver hacia adelante para evitar la catástrofe….. A menos que activamente se logre tomar el timón del sistema para reorientarlo hacia fines centrados en el humanismo y el la sustentabilidad biofísica. Mientras tanto, las perspectivas no lucen bien”.

(*) Ver: E.F. Schumacher, “Small is beautiful” 1972 y Club de Roma, “Limits to growth” 1972.

1 comentario

  1. Juanjo Palma

    Esta claro somos los responsables de la próxima extinción masiva, y que ésta como todas las anteriores estará formadas por causas naturales, porqué la humanidad también forma parte de la complejísima naturaleza.

    Despues de esta extinción quedará un planeta altamente contaminado quimica y radioactivamente, con todos los ciclos que conocemos alterados, pero será el caldo de cultivo para de aqui unos pocos centenares de millones de años aparezca otra civilización, no se si humana o no, pero en todo caso bastante diferente de la actual.

    Esta nueva civilización, igual que todas, se preguntará quien los ha creado, de donde vienen, cual es su origen…… Una parte de la respuesta esta clara, nosotros mismos, ya estamos influenciando con nuestro comportamiento a los futuros mundos que habrán en esta misma tierra.

    6 Enero, 2014 a las 7:22 · Responder

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